Navajas inaugura su presencia con un remolque de recuerdos de la farra y un tirón de ametrallantes versos que, crudos en su imagen, sólo de a pocos quieren tener algo de filo. Y es que las navajas afiladas que se prometieron recayeron en un fulgor de medianoche, una mariposa negra que danza sin sentido entre lo que podríamos llamar un infante berreo, un sinnúmero de alaridos contagiosos, que fluyen entre las películas y las canciones, entre Miller y Bukowski, entre la calle y los coches.
Pero si de hablar de formas y de entrega se trata, hallará aquí sangre en adornadas conjunciones, lágrimas entre eructos de lúpulos atragantados, y visiones atoradas de la noche crujiente que es su auténtico paradero. Quizá el mejor antifaz que se ponen los jóvenes de nuestra era, quizá un simple llanto acurrucado en la sábana, y disfrazado de equilibrista de abismo en cada jueves de lágrima.
Jonathan Estrada
Sobre el autor
Miguel Vera de la Haza
