Para buscarle un rostro a la oscuridad se requiere ser nictálope. Por eso aguzamos nuestros sentidos aquellos seres que habitamos la noche. Nuestra querida noche a la que abrazamos escondiéndonos de la luz. Las tinieblas son entrañables compañeras en esta soledad rebuscada frente al espejo de la aurora, a su reventar irreverente ante tanta desolación. Entonces nos encontramos con el vacío, ese hueco negro que se traga impertérrito las estrellas más refulgentes. Todo esto le acontece al personaje de César Ávalos aparecido intempestivamente en medio del recrear de la palabra en búsqueda de un tiempo sin tiempo (jamás de un tiempo perdido, como el de Proust, puesto que ya existió un divorcio con Cronos en el momento de la creación primera):
—Las veces que pensó en volver (o las que volvió) lo hizo sin ninguna premeditación. Esto le venía de lejos. Alguna vez, alguien le dijo que el escribir los hechos con cierta distancia o lejanía le permitía visualizar lo que pasó, lo que pudo pasar o en el peor de los casos lo que no pasó jamás. (Página 7, Ningún lugar dentro. César Ávalos. Hipocampo Editores. Lima, 2007).
“¡Sólo al fin! No se oye más que el rodar de algunos carruajes retrasados y cansados. Durante algunas horas vamos a ser dueños del silencio, si no del reposo. ¡Por fin! La tiranía de la faz humana ha desaparecido, y no sufriré más que por mí mismo.
“¡Por fin! ¡Me es dado descansar en un baño de tinieblas!...” (Página 31, Pequeños poemas en prosa. Carlos Baudelaire. Ediciones Modernas. Buenos Aires, 1944).
Este tipo de libros se escriben sin meta ni plan preconcebido. Podemos hasta negar o dudar que César Ávalos haya penetrado en los arcanos de esos Pequeños poemas en prosa escritos por el francés Charles Baudelaire (1821–1867), poeta maldito por antonomasia. ¿Es Ávalos, entonces, un poeta maldito? No. Es un hurgador de la palabra. Tal como lo hiciera en Solar, su primer y sorprendente poemario. Lo único que desea es darse un par de vueltas por la realidad desde la irrealidad (mismo Juan Ramírez Ruiz, pero a su propia manera). Desde “la inutilidad que a veces siente a la hora de escribir y que no hay nada ni nadie que pueda sacarlo de ese estado, de ese rotal desánimo”.
Libro breve, de apenas 20 suficientes páginas, que nos pone frente a la penitencia de vivir como peleles de aquél el innombrable, cuyo nombre sólo puede ser usurpado por algún personaje sin historia incapaz de explayarse más porque no es necesario. Todo está dicho y hecho. Poco queda por hacer y decir. Preferible es hacer mutis en el gran teatro del mundo donde no fuimos invitados a venir, avallejándonos.
Maynor Freyre, Otoño 2008.
Ningún lugar dentro es la búsqueda...
de una utopía en un mundo donde solo quedan restos de viejos paraísos artificiales. Es también la exploración a través de los cuerpos, en una travesía que va del encierro a la liberación (ojo: Mallarme, Beckett, Burroughs, Eielson). Es por eso que la lucha contra el absurdo no se agota simplemente en la comprensión del sentido de la existencia. La vacuidad de este mundo posmoderno no alienta una forma colectiva de arte, y tampoco a la realización de su antiguo anhelo de trascendencia, pero es gracias al arte que podemos aún acceder a ese lugar desinteresado del espíritu: el de la palabra. El autor dice: “un cuerpo puede ser exageradamente una ficción o un poco de realidad que nunca se sabe en donde encaja mejor”. César Ávalos, como pocos libros auténticos, ha hallado ese lugar que es un no-lugar, que es su obra y a la vez una utopía del lenguaje.
Miguel Ildefonso
El poeta y la tristeza
Así como el dadaísta Jacques Vaché, «maestro en el arte de dar poca importancia a las cosas», y orgulloso de ser inédito, pues siempre trató a puntapiés la obra de arte, «esa miseria que retiene el alma después de la muerte», el poeta César Ávalos, a punto de dar a luz un insólito libro, se reencarna en el espíritu de este destructor y suicida francés, y destila un limeñísimo esplín en un texto que llega a mis manos como un mensaje de botella. El sol lo abruma, aun teniendo una plaquette llamada Solar; la ciudad lo abruma, aun bautizándola con el nombre del cantante de The Smith. El poeta chapotea en el vacío y parece ahorcarse con su propio cordón umbilical. ¿Tanta percepción sensitiva en tan poco espacio? Si no lo conociera estaría en alerta; pero precisamente porque lo conozco es que me inquieta su poética grisura. Nadie mejor que él para arrojarse debajo de las llantas de una combi; nadie como él para sobrevivir a los locos que en verdad lo hicieron y ahora son solo aire, nube, melancolía
Leer sus palabras es internarse en el fuego interno de un ser que respira en sangre viva, allí donde nadie desea estar; y él sin embargo se regodea en el miasma, se hinca a traición, quiere hacer real su dolor verdadero. «La literatura ya no calma», dice, «la lectura no sosiega, la escritura es vana y maldita». Sentado a la mesa de un bar, el poeta cumple su papel de bohemio, aunque el cliché para él no sea tal, pues hay autenticidad en sus movimientos, en su «casi rutina de borracho», arrastre inevitable de ser lo que se es. Aquí no asoma la pose de tantos vates indistintos que deambulan sin ton ni son; aquí se yergue el alma de un creador que se niega a publicar (aunque ya haya publicado), y resiste como valiente estas caídas mínimas en el mar de los éditos, al que no hubiera querido pertenecer.
Entre humo y espuma, comenta que publicar es cosa de vanidad, de levantar tal vez el ego alicaído, y en el fondo puede tener razón, siendo su convicción la de mantenerse incólume en su esencia de ser «poeta», por encima de escribir poemas. La «poesía» debe abarcar la vida misma, aunque carcoma poco a poco por dentro hasta llegar, en algunos casos, a la destrucción. «Si escribo esto es por desidia», dice en su texto, «pero nada ampara más al ocioso en su poca escritura que su propia validez de no querer ser nada». Besando el suelo, ¿para qué más sacudir las fibras de un hombre en su vacuidad? A estos infiernos enrumban ciertos poetas, sin importarles nada, echando por tierra cualquier tipo de figuración; en este barco están los verdaderos «escogidos», los que pasan transparentes por la vida, los que vibran en cada latido de existencia, los auténticos creadores soterrados a los que muchos ningunean.
Ubicado en el engranaje de los poetas ochenteros y noventeros, siendo una bisagra entre ambas generaciones, César Ävalos es testigo de excepción en esta fiesta de desbordes y velorios, de cultos poemáticos y cortadura de venas. De allí su tono oscuro en cada palabra escrita, aunque no dicha; su tono gris en el arte de los vocablos, aunque en la vida diaria otorgue de buena onda su gran amistad. Estos son los recovecos del poeta, no los malabares de los que sueñan por salir en Somos; en Ävalos no se siente la hipocresía propia de muchos integrantes de nuestro mundillo literario. A él en verdad le sorprenden los amaneceres, «estos autos en ruta, estas caras que viajan como yo de un lugar a otro, cada uno con su propio vacío, cada uno con su propia muerte a cuestas». Así define su tristeza desde lo extrínseco, el lastre de cargar una cruz, puesto que «se requier4e mucho más esfuerzo para no escribir que para escribir». El desaliento lo invade, no hay señales en el camino. ¿Para qué sendos libros?, se pregunta, ¿para qué novelas, para qué poesía? Pero al final de este mensaje en la botella, como queriéndose sacar una alimaña del cuerpo, el poeta enciende una luz en medio de tanta penumbra, cuando anota: «Y si cada día es más difícil vivir, ahí quiero estar, dual. De día para vivir y de noche para sobrevivir». Los dadaístas experimentaron la angustia y el desequilibrio que siguieron a la primera guerra, y su movimiento fue la búsqueda de una fórmula para poder vivir. Noventa y seis años después, César Ávalos siente algo similar, con características muy propias, luego de una guerra interna que trastornó y enlutó a miles de familias
Arthur Cravan se burlaba de las librerías respetables vendiendo su revista Maintenant en un carrito ambulante que empujaba por la calle; nuestro poeta, en vísperas de la publicación de su libro Ningún lugar dentro, se burla a su manera de la algarabía del texto editado. Paradojas del destino, como un escupitajo al cielo vuelto a la cara, y que lo habrán de celebrar quienes lo conocen, que son muchos, tan distantes como cercanos... Santiváñez, Heredia, Virginia Macías, Vedrino, Ena Matienzo (¿dónde estás?), Elmo, Freyre, Abanto, Ildefonso... Su llama habrá de convocar hasta a los finados, en estas cenizas de melancolía volcadas al papel que serán su testamento literario, aunque no lo quiera. Por eso, desde aquí, lo acompañamos en su tristeza.
Carlos Rengifo
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