Miguel Ildefonso (Lima, 1970) no solo es el poeta con la obra más sólida de la llamada generación del noventa, sino también el que mejor ha comprendido e interpretado el significado de aquellos años inciertos en que su poesía y la de sus compañeros de oficio comenzó a desarrollarse. Desde Canciones de un bar de la frontera (2001) hasta hoy sus poemarios están compuestos principalmente por textos escritos diez años atrás y centrados temáticamente en las más inquietantes vicisitudes individuales y colectivas de la última década del siglo XX, convirtiendo en frescura, vitalidad y urgencia el problema de la falta de distancia ante los hechos relatados. Esto, sumado a sus frecuentes aciertos formales y las personales reelaboraciones de mitos y personajes literarios en el Perú de nuestros días, hace de la suya una voz compleja y sostenida tanto en sus proyectos mayores como en los de menor envergadura. **

La primera cuestión que se la presenta a quien lee Los desmoronamientos sinfónicos es qué lugar ocupa este nuevo volumen en la prolífica carrera de Ildefonso. Libro denso, nocturno, coral, no hay en él nada que el poeta no nos haya dicho antes: persisten en sus páginas las visiones del río Rímac -divinidad pestilencial que personifica a la ciudad-, los héroes confidentes que lo acompañan en sus travesías por los barrios marginales -Cioran, Holderlin- y los recuerdos de la guerra interna, casi inmediatamente posterior a la escritura de este largo poema en prosa. Sin embargo, el propósito central de este proyecto esta vez está enfocado en otro aspecto. Si a su entrega anterior, M.D.I.H. (2004) se le podía reprochar que, más allá de varios poemas logrados, era notorio un estancamiento y hasta una involución en el trabajo con el lenguaje, en Los desmoronamientos sinfónicos somos testigos del mayor alarde formal de Ildefonso hasta la fecha, tanto en lenguaje como en estructura. Y es con esta exploración que consigue, de paso, afinar y reinventar de algún modo su ya trajinado imaginario.

Dividido en más de un centenar de fragmentos de variada extensión, Los desmoronamientos. atrapa al lector desde sus primeras imágenes, que se suceden con la rapidez y eficiencia de un buen relato cinematográfico, haciéndonos partícipes de la época que intenta retratar abriendo el poema con la definición simbólica de ésta: "un vago espejo refleja la putrefacción. Es la materia que nace y muere. La larva que se nutre de una masa de carne. (.) una gangrena crece a mis pies de esa gangrena crecen ojos y pies largas algas fulgentes de luz anaranjada". El fraseo sostenido en el que están enhebrados las visiones, signos y reflexiones de Ildefonso va convirtiendo al poema en un organismo vivo, alterado, donde los desbordes, fugas y embalses se van sucediendo de tal manera que nos sumerge en un vértigo basado en un incesante ritmo y manejo del dramatismo, así como en la continua variación, muchas veces afortunada, de sus temas y personajes, variaciones que van deformándolos o transfigurándolos según la circunstancia en que está inmerso cada uno. Ahora, este es un vértigo en el que es tan fácil entrar como salir.

Los desmoronamientos. demanda al lector mucha paciencia para afrontar los momentos más ásperos y complejos de esta crónica en verso, los eminentemente analíticos y oscuros, para luego pasar a los parajes más exaltados y emocionantes: los diálogos entre el poeta y sus criaturas, la palabra que se solaza con la decadencia, las descripciones luminosas de una ciudad inmersa en "los signos de una época no muy lúcida". Los desmoronamientos sinfónicos significa una bocanada de aire puro, una saludable vuelta de tuerca en la poesía de Miguel Ildefonso. Más que una variante de sus poemarios anteriores, es una conseguida reinterpretación de la realidad que ya antes había examinado desde un prisma distinto. No obstante, haciendo las sumas y las restas, queda claro que no está a la altura de sus mejores libros, (Canciones de un bar., Las ciudades fantasmas) pero que en riesgo y logros supera a los conjuntos menores (M.D.I.H., Heautontimoroumenos) Quizá esta entrega sea el calculado inicio de un viraje basado en la experimentación formal, aunque tratándose del fecundo, diverso e impredecible Ildefonso, nada se puede asegurar.

 

Unas palabras de José Pancorvo

En los meros inicios de los 90, en un recital de los poetas de Neón, llenos de una legítima arrogancia de poesía asumida, conocí al poeta de ojos de mucha luz resguardada, voz de numeroso bosque escondido, frente vasta de abundante Otra voz agazapada. Hoy nos da una parte de esa escuchada y osada riqueza. He podido leer otros muchos poemas, y otros muchos poemarios enteros que no están incluidos en estas centenas de textos de estrofas redondas y numeradas, todos con vivaces estructuras de canzone, el alto y sostenido estilo que preconizaba Dante en su tratado sobre eloquentia. Tengo en mis manos por ejemplo un manuscrito de Hotel Lima, de hace más de quince años, en copia de papel carbón y lapicero –hasta con caracteres chinos-, en que hay poemas supra que no están acá. Orfeo, Homero, Dante, Baudelaire, muchos otros poetas y personajes de aura, perambulan desde ese entonces en la Avenida México, en el Jirón Quilca, en desiertos, calles y ríos de Estados Unidos, fluyendo como entre un Rímac o un Hudson de caudalosa realidad poética, ¿cómo lo hacen, cómo lo hicieron? Cuando el poeta ve que aquí no hay definitivamente nada, ahí se abre el Aquí poético como catarata en trance, se abre una atmósfera especialísima de pura lluvia nuevemente música, en que oralidades, kulturas, rincones, bosques, roedores, nubes, lapiceros y pescados son devorados, por fin, por ese mar de suma sutileza que nos envuelve sin esfuerzo, porque soy un destino nos dícese, como que el Rímac fluye por las cañerías nos envuelve el vertical río de imágenes, como que no hay un verso sin imagen, imagen natural y profunda y trágica, imagen zagala despiertísima al primer claroscuro, en que un verso tan breve como Un reloj se convierte en el contexto en un reloj general, testigo ocular de toda la ciudad post-astral y post-concreta de pre-concreto, sin faltar el segundero fatal, imanado al paso de la poesía de la poesía, el líquido fuego mencionado por el enardecido Góngora, y cuando En el mundo/ Nada hay/ Que no sea sagrado porque ha llovido la poesía, y es para algo de algo como lo divino que se ha visto en pleno eclipse faltoso, aún entre las luces legañosas del Centro de Lima, ya pues podemos quedarnos bien serenos como lagartijas apolíneas de techo, y con mucha sangre fría por dentro, sangre que se llama Beatrice de fuego, porque lo eterno es nombrar la cosa, tremenda cosa ahora que rebulle lo inefable, hasta –y no menos fulgurantemente- en la mujer del balde de chicha, que también es la poesía misma, y el líquido servido es también la poesía misma, dulce y oscura, la espera que dura millones de años, y es la poesía esa araña que lo observa todo desde un rincón del techo, y ya no se ve sino poesía  y recontrapuramente poesía hasta en los rincones de más pendencia porque hubo el poeta que no dejó escapar nada y no la dejó escapar de nada porque el poema es lo más cercano a ser todo, ¿aquí?, en este momento ya la podemos gracias a esta revelación de flotación dominadora y prepotente como deber ser la suprema luz benefactora, ¿comunicable, incomunicable?, para eso el juego de espejos y reversos de espejos que son espejos caleta, ¿o el misterio no es ya?, por que si no la ves, no la ves y ahí todas esas cosas tú no las sabes/ todo ello es poesía, y ahí no perdonará nuestras deudas la singularísima teófila entre el aire y el fuego, líquido fuego de la poesía es la de la fluidez de Miguel Ildefonso, la inmensa liquidez de su tesoro público de su legítima absoluta dominación, que al centro de todos, de todo, de uno mismo, sí pues y dentro de Orfeo y Dante y Homero como en un solo cajón helado para servir los siglos de la poesía y para fluir fluyamos en la atmósfera de estos poemas de poesía de luz ocular, Miguel, de omnívora transparencia comprometedora como un infinito puñal, afuera, afuera, afuera, tan cerca.

 

 


Canción en la frontera de la noche
Por José Carlos Yrigoyen

MIGUEL ILDEFONSO
Los Desmoronamientos
Sinfónicos

2008
Hipocampo Editores